GNOSIS EXPERIENCIAS

 

 
1 MUERTE DEL EGO DE

 LA  PENA AJENA

 

 
 

2 MUERTE DEL EGO DE 

   FALSO SENTIMIENTO DEL HONOR

 

 
 

3 MUERTE DEL EGO DE

 MIEDO A DAR MALA  IMAGEN

 

 

 

4 MUERTE DEL EGO DE  

  MIEDO A LAS CONSECUENCIAS  

 

 
 

5 MUERTE DEL EGO DE

  MIEDO A LA SOLEDAD

 

 
 

6 MUERTE DEL EGO DE

MIEDO AL MIEDO

 

 
 

7 MUERTE DEL EGO DE

    LOS  C E L O S

 

 
 

8 MUERTE DEL EGO DE

   LA ENVIDIA

 

 
 

9 MUERTE DEL EGO DE

 LA S U M I S I O N

 

 
 

10 MUERTE DEL EGO DE

LA VANIDAD  HERIDA

 

 
 

11 MUERTE DEL EGO DE

 LA CRISIS   EMOCIONAL

 

 
 

12 MUERTE DEL EGO DE

UNA FACETA LUJURIOSA

 

 
 13  MUERTE DEL EGO DE UNA      PRESENCIA  LUJURIOSA  
    

14 MUERTE DEL EGO DE

 AUTOREPROCHE EN EL

 RESENTIMIENTO

 

 
 

15  I N I C I A C I O N E S

  PRIMERA PRUEBA DE       LOS CUATRO ELEMENTOS

 

 
 

16 MUERTE DEL EGO

LA LUJURIA A TRAVÉS DE LA IMAGEN

 

 
 

17 MUERTE DEL  EGO

DEL HALAGO Y LA FALSA MODESTIA

 

 
 

18 MUERTE DEL EGO

MIEDO A QUEDAR EN FEO

 

 
 

19 MUERTE DEL EGO

EN EL RECUERDO DE UNA PENA

 

 
20 MUERTE DEL  EGO  

OTRA FACETA DE CELOS

 
 

      21 MUERTE DEL  EGO

    INGRATITUD AJENA

 

 
    

   22 MUERTE DEL  EGO

  UNA FACETA LASCIVA

 

 
    23 MUERTE DEL  EGO

   SENTIMIENTO DE       

    AUTOLASTIMA

 

 
  24 MUERTE DEL  EGO

   ACTO NUPCIAL DE LA

     COBRA DORADA

CONTINUA..........

  25 MUERTE DEL  EGO

     DE LA LUJURIA

      MORBOSA DE LA

      T R A G E D I A

 

 

 
  

  26 MUERTE DEL  EGO

       LIBERAR A LA     

       VIRGEN NEGRA

 

 
   

  27 MUERTE DEL  EGO

     DEL REGISTRO

    ANCESTRO DE LOS

 ARCHIVOS AKASICOS 

 

 
 

   28 MUERTE DEL  EGO

     DE UNA FACETA

   DE LA ENVIDIA EN LA

        I N F A N C I A

   

 
    29 MUERTE DEL  EGO

   LA MAMA OCA O LA

        MADRE  GANSO

 

 
 

  30 MUERTE DEL  EGO

           MIEDO A MI

           DEBILIDAD

     

 
 

   31 MUERTE DEL  EGO

       LAS DISTINTAS

     CARAS DE LA IRA

 

 
   32 MUERTE DEL  EGO

    FRUSTRACIÓN CON

    LA IRA

 

 
   33 MUERTE DEL  EGO

   LA INCERTIDUMBRE

   Y LA DUDA

 

 
    34 MUERTE DEL  EGO

     PENA A HERIR  LOS

 SENTIMIENTOS AJENOS 

 

 
   35 MUERTE DEL  EGO

         L E V I A T A N

      PRIMERA PARTE

    

 
   36 MUERTE DEL  EGO

    L E V I A T A N

   SEGUNDA PARTE

 

 
  37 MUERTE DEL  EGO

       LA IRA Y LA

    SUSCEPTIBILIDAD

    PRIMERA PARTE

 

 
  38 MUERTE DEL  EGO

       LA IRA Y LA

    SUSCEPTIBILIDAD

    SEGUNDA PARTE

 

 
  39 MUERTE DEL  EGO

       LA IRA Y LA

    SUSCEPTIBILIDAD

    TERCERA  PARTE

 

 
   VOLVER A LA

   P R I N C I P A L

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                            

    

     

   LA LUJURIA EN LA CONCIENCIA COLECTIVA

                      DE  L E V I A T Á N

 

                                                   

(Fachada de la Catedral de León.)

                                         

                                        

    En esta ocasión, como en otras muchas, entonamos el mantra tántrico,  como canto que se inicia desde lo íntimo para conectarse con la Energía-Luz. Este rito lo evocamos  cuando al descubrir una verdad oscura  la deseamos auto-purificar. Creímos que ese era nuestro mejor remedio y también la mejor arma. De ahí surgía el anhelo de  transformar a aquel que en  nuestra vida mata y que sin morir;  a la muerte nos lleva. El ego.                         

     Pero… ¿Serían  los celos los que nos amargaban la hermosura?, o ¿la envidia que no se entendía ni así misma?, o ¿quizás era la violencia la que nos acechaba…? El agregado psicológico que os exponemos era distinto…Su diferencia la establecía la profundidad de su presencia, su faz inteligente, su voracidad…

                    

                                                                                                                                   Ojiva de la  fachada de la Iglesia San Esteban Salamanca.                                                                                       

    Ante nosotros cientos de tiras de oscuros granates aparecían como las cintas Venenostinianas, aquellas de las que hablaban los grandes Avatares. Plasmaciones de canales abiertos que unían el cielo con el averno y robaban nuestra energía, porque esos entes, como sabios oscuros sabían que a nuestras almas les faltaba recuperar ciertos  elementos crísticos en antaño perdidos… esos atributos que ellos guardaban celosamente.  Íbamos apartando su espesura, su opacidad, su color teñido. La languidez de su tacto nos recordaba a algo húmedo, escurridizo y peligroso.

     La luz mortecina después de mucho andar nos ofreció otro ambiente… Delante de nosotros estaba el mar. Su oleaje muerto, silencioso, y en sus  aguas oscuras flotaba  una barca de madera. Entendimos que para proseguir teníamos que ir al otro umbral.  

    La niebla en un instante pareció disiparse y vimos al  remero. Era  Aqueronte.  La muerte estaba esperando a sus nuevos pasajeros y en ese viaje eterno nos aguardaba.  Subimos con cautela, quizás definiría mejor ese sentimiento si habláramos de desconfianza. Una vez estabilizados en la cubierta, la barca no presentó aparentemente movimiento alguno, ni él nos medió palabra. El silencio poseía cuerpo. Era una sensación de palpitación  y el tiempo navegado fue larguísimo. Nos dimos cuenta que poco a poco parecía que la vida se escurría de nuestro cuerpo. Estábamos muriendo. 

   La Madre Eterna no se mostró en presencia, sólo concebíamos su condición divina en nuestro interior,  porque allí, en esa densidad egóica, Ella consorte del Demiurgo Creador, no podía penetrar. Su voz, como un bálsamo de alivio nos bañaba y su  espíritu jamás pareció abandonarnos.  Y Éste nos decía… 

    “Donde vais  a penetrar es necesario entrar sin hálito, porque en ese lugar todo es carente de vida aunque vivo permanezca. Y debéis de presentaros en su propia apariencia, de lo contrario seríais  devorados. Debéis morir para nacer en la misma expiración”. 

    Entraríamos en una ciudad y lo haríamos como muertos. Descendimos de la barca y ésta desapareció en la nada. Allí todo lo que nos rodeaba eran cadáveres vivientes. Esqueletos articulados sin  resorte humano. Nadie nos decía nada… Poseíamos cierto parecido a las momias e ingresamos en esa tierra inerte de vida pero no como esqueletos. Al comprobar que nuestro cuerpo no se corrompía empezaron a rasgar nuestras ropas. Nos quedamos desnudos ante ellos y codiciaron nuestra piel y nuestra musculatura. Pero la visión del cuarzo que llevaba pendiendo del cuello les frenó la mano, así  mismo lo intentaron con Jesús,  pero tampoco a él pudieron dañarle, ya que su reloj, aunque parado,  poseía ese mismo mineral.  

    Nos acecharon constantemente pero no gozaron rozar parte alguna de nuestro cuerpo. Era una sensación extraña. Todo era aparente,  y sin embargo, como nos indicó la Madre, vivo.

    Debíamos con urgencia entender cual era el ego que se estaba manifestando. Sin su nombre la lucha estaba perdida. Nadie puede eliminar o transformar aquello cuya naturaleza desconoce. Era dar palos de ciego en la nada. 

    Andábamos deprisa pues todos los seres de esa ciudad-planeta nos estaban siguiendo y además, observábamos que a cada instante perdíamos nuestra piel  en forma de escamas. El tiempo, como así lo entendemos, de existir no jugaba a nuestro favor. La importancia del reconocimiento egóico  era vital, de lo contrario nos quedaríamos atrapados en esa turba de inconciencia.  

    De repente,  ante nuestros ojos aparecieron imágenes muy variadas y rápidas  de  abusos sexuales a nuestras personas, pero con diferentes cuerpos y en diversas épocas de la infancia. Fue ahí cuando entendimos que  estábamos trabajando contra la lujuria. Una lujuria ajena, porque se trababa de un acto de los otros hacia nosotros, pero también, era necesario elaborar los sentimientos de esos infantes al  ser  objetos de  deseo. El amor y el odio formaban de nuevo una manera de alimentar a nuestra propia lujuria y a la lujuria madre.  

    Llegamos a una conclusión determinante… lo manifiesto ostentaba un nombre que lo definía como la libidinosidad  ancestral. Comprendimos el afán de esos esqueletos en despojarnos de la ropa y del intento de tocar nuestra piel y musculatura. Deseaban con ansia mantener activos los viejos recuerdos de sus acciones en la vida humana. Pero eran cientos de miles, quizás millones de entes en ese estado…  

    ¿Nos hallábamos ante la parte inconsciente de la lujuria colectiva ancestral?

     Al reconocer su esencia amarga, también descubrimos donde nos hallábamos. Nuestra conciencia lo concibió. Un cerebro de grandes dimensiones nos servía de sustento, y  nos ofrecía una división definida,  dos partes idénticas  como le sucede en el físico, pero con la peculiaridad de que sus zonas no eran paralelas en la horizontalidad, sino que existía  una área superior  o consciente y otra inferior o inconsciente. Esa apreciación fue sorprendente, pero ya es sabido que en el mundo astral las leyes de la lógica suelen difuminarse en otras realidades. Una observación detallada nos permitió comprobar  como entre ambos mundos cerebrales existía un canal amplio de comunicación, y la energía, fruto de esa acción, se generaba  por doquier.  Los esqueletos se enriquecían de ella tomándola como propia e interferían en el orden establecido como óptimo generando el caos; creando desconcierto. Gracias a esa visión entendimos el porque en algunas circunstancias se nos creaban situaciones grotescas en la vigilia sin entender de donde sobrevenían y el motivo de su aparición. Esas armaduras de huesos vivientes interceptaban  nuestro libre albedrío en su favor.   

    Cuando la conciencia comenzó a censurar esa actitud, a sentir la consecuencia de esos hechos, los entes astrales empezaron a huir saliendo sin control. Pero tuvo que ser la propia conciencia  la que ordenó de nuevo los pensamientos, y aprovechó  esa misma tendencia para equilibrar a esas dos enormes mitades que compensadas otorgan la divina proporción. Sin embargo, no salieron del aura que nos envestía como habíamos creído sino que se trasladaron  a la zona inconsciente, y en esa materia por su sabiduría ostentaban  más poder.

     En su afán de supervivencia tomaban la fuerza dañando a los sectores de la memoria  atávica. Ese fue nuestro momento para iniciar la lucha. Nuestra meta destruir a todos esos esqueletos, a toda esa masa. Y en ese instante de revolución interna la Madre Divina nos habló…

      “La experiencia de la acción es larga, así pues sabed que esas producciones están dentro de vosotros y no podéis eliminarlas, ya que forma parte de una conciencia que no os pertenece. Es la Lujuria colectiva. 

    Eso quiere decir que esa  entidad oscura es en cierto modo herencia de otras vidas. Os concierne  y no os incumbe. 

    No podéis desplegar la fuerza de la acción contra lo que no es generado por el  propio cometido, y ni tan siquiera es loable el sacrificio de vuestra existencia como seres si en el cometido no está impreso el entendimiento global. 

    Si es colectivo,  no es particular y lo común siempre se basa en una ordenación genérica. El derecho y el deber parten de una materia y de un  juicio compartido. No es jurisdicción que os incumba, y a la vez  tampoco es sensato que permanezca así.” 

   Las deliberaciones pasaban entre aguijones… ¿Qué debíamos hacer para luchar contra eso…? 

    La Madre en su armonía infinita nos otorgó su comprensión y designio diciéndonos… 

    “Sumergíos en esas aguas y  sin resistencia dejaros engullir por sus tentáculos…”

    Su sugerencia nos sembró la confusión en un primer instante, pero nuestra convicción desplegó la fuerza de la acción. Nos sumergimos en el agua oscura, fría y  relente. A los pocos instantes sentimos el abrazo de unos tentáculos aferrados al cuerpo, un pulpo  inmenso rosado y blanco nos aprisionó contra su institución oscura. No nos revelamos contra ello y su boca nos engulló.

    Fuimos tragados por el pulpo  pero con  la conciencia despierta. Gracias a ello seguíamos ilesos buscando el recurso contra aquel ego. Y al acceder dentro de aquel ser gigantesco habíamos penetrado en  otro mundo. 

    En ese nuevo espacio todo lo que alcanzaba la vista estaba elaborado de  mármol blanco y rosa. Era impoluto. Impresionante a los ojos de cualquier mortal. No entendíamos como era factible que dentro de esa manifestación del mal hubiere esa creación tan maravillosa. La respiración no causó problemas. Todas las necesidades se sentían cubiertas. Sencillamente perfecto… ¿Esplendor en lo ominoso?    

    Anduvimos por aquel mausoleo irreprochable y vimos que estábamos en una biblioteca. Miles de millones de obras escritas en mármol.  Allí residía  el conocimiento del conocimiento. ¡Era el anaquel sobre  la lujuria en la conciencia colectiva¡  

    En ese lugar  moraban todas las razones y todas las causas por las cuales existía la lujuria, como  fue creada y manifiesta, los hechos llevados a cabo para que se fecundara como un acto colectivo, como conciencia oscura de las masas.  

    Aquello pretendía ser un saber valioso. La importancia vital de conocer a quien nos mata… 

    Llegar a esa conclusión generó un nuevo dilema…. 

    ¿Si destruíamos al pulpo, la luz que ofrece la experiencia también sería eliminada?

     ¿Implicaría que en la historia todo volvería a empezar desde el principio?  

    La Madre siempre nos había  indicado, que todo sucede en el momento perfecto y por alguna razón imperiosa. Y además, ahí se encontraba el conocimiento del hombre y su creación  desde el principio de los tiempos. Entre Jesús y yo consideramos qué era más importante…  

ü ¿Que se aboliese la lujuria con la posibilidad de que perdiéramos el ímpetu necesario para crear la magia en el fuego sexual? 

ü ¿Qué al empezar desde el punto cero, sin experiencia alguna posiblemente se cometieran los mismos errores…?  

ü Y si prevalecía la sabiduría… ¿A qué precio?  

     Ante la duda concentramos nuestras benditas fuerzas, las que nos unen con los Seres Afables en busca de ayuda.  

    La Madre Diosa escucho la plegaría y nos dijo… 

    “Buscad dentro de ese conocimiento. Entended el motivo que aviva a esos esqueletos. ¿Quién  les da la fuerza para que codicien vuestra piel y vuestra carne? Preguntaos donde se almacena la energía que roban.  

    No penséis en destruir sino en discernir. No se puede transformar aquello que no se conoce.” 

   Estábamos dentro del templo del conocimiento, en el interior del pulpo, en el fondo de las aguas densas…  Parecía que la misma presión de pensar no nos permitiera razonar. Y la voz de la Madre volvió a  ser viva… 

    “Buscad en vuestra propia sabiduría…”  

     Investigamos dentro del ser que cada cual posee y dejamos que nuestra conciencia se uniera con la existente en ese lugar. Se creó una sensación extraña de traslación molecular. Estábamos introduciéndonos dentro de los propios libros. Éramos parte de ellos. En esos instantes dejamos la humanidad y nos convertimos en parte de su cognición. Y cuando todas las partes íntimas ya no nos concernían; una nueva dimensión fue creada. 

    Nos manteníamos en imagen y semejanza a lo que en la vida física somos pero el espacio que nos circundaba era superior. Todo se descifraba al límite de la perfección. Los árboles eran exactos. Las filigranas de los setos hacían que la imaginación se expandiera. Los contrastes de tonos visuales erigían un placer que rozaba la lujuria del refinamiento. El esmero del jardinero provocaba que el sonido de las hojas movidas por la brisa compusiera música celeste. El césped era fiel a la altura  en todos sus brotes y las flores embriagaban con su color, forma y perfume. Más los frutos exuberantes incitaban con su madurez. La exquisitez era el lema. Todo tan sumamente magnífico, que la misma perfección era ajena a la perfección.  

   Nuestra mente buscaba a la fuerza que mantenía ese orden. Al gobierno que dirigía. Allí además de nosotros no parecía existir nadie. Incluso en ese estado la propia conciencia se nos presentaba impoluta. La razón postulaba el liderazgo con los sentimientos. Empezamos a entender que nos habíamos convertido en Adán y Eva y el lugar, el paraíso. Ostentábamos el privilegio de empezar la creación sin necesidad de sentir las penurias del destierro, el árbol del bien y del mal estaba completo, con la manzana que una vez fue arrancada. Nos llegó un instante de felicidad extraordinario. Embelesados con las maravillas ofrecidas no veíamos nada más… ¿O es qué habría otra cosa que ver o desear? 

    Perdidos en la sensibilidad de los sentidos oímos una voz lejana, casi olvidada… 

    “No os dais cuenta de que esto no es cierto.  Os están manipulando…” 

    Al oír la expresión “manipulando” fue como si hubieran creado en nuestra conciencia una alerta. 

    Y la voz nos recordaba… 

    “Tenéis que ir en busca del creador de ese mundo”.

    Y ambos exclamamos ilusionados con la nueva idea…

      “Es verdad… Si estamos buscando al creador de este maravilloso espacio, y todo es perfecto,  nos acercaremos al Dios Todopoderoso y vamos a ser aun más plenos y  dichosos.  

     Ante ese objetivo dejamos de estar abstraídos de la hermosura superficial  y empezamos a buscar al artista. 

    El camino empezó a degradarse paulatinamente, ya no nos parecía tan idóneo, y nuestras necesidades perentorias empezaban a aflorar. Cuando delante de nosotros todo lo que alcanzaba la vista era un terreno árido y escarpado. A lo lejos vimos una cueva. Subimos con sacrificio una gran cuesta y nos introdujimos en ese orificio oscuro e inhóspito. Como era de esperar se nos ofreció una gran recompensa, ya que nos encontramos con el creador de aquel mundo “perfecto” pero por supuesto que no fue con Dios. 

    “¿Eres Satán?” Le preguntamos ateridos… 

    Y el enorme e impresionante ser nos contestó…

     “No…”

     “Soy Leviatán”

     Ambos absortos por esas declaraciones pensábamos como poder destruir a ese monstruo de las profundidades del océano. Llegamos a la conclusión de que su fuerza era millones de veces superior a la nuestra, ya fuere  por su sabiduría, por su destreza o por su maldad. 

    Nos mirábamos y establecíamos comparaciones entre esa existencia  y nosotros… Una insignificante chispa al lado de su fuego parecíamos ser. Jesús y yo comunicándonos más allá  de las palabras fuimos conscientes de que la única manera de vencerle era introduciéndonos dentro de él. Atacarle desde dentro. 

    Se reía de nosotros, se burlaba consciente de su superioridad, pero ese acto no nos afectaba, sólo buscábamos la manera de vencer al que ningún humano vence.

     En ese instante de la entrada de la cueva empezó a bajar gente conocida, todos guerreros de la Luz en la vida física. Llegaron a nuestro punto de encuentro aproximadamente ochenta almas dispuestas a luchar contra ese estado de conciencia lujuriosa colectiva, pero cuando se les explicó cual era la única forma de actuar  muchos se marcharon horripilados nos decían que ellos sólo trabajaban en la Luz y si penetrábamos en Leviatán en ello nos convertiríamos. Los restantes, unos veinte, vencieron al propio miedo y fueron entrando sin dudar detrás de nosotros. La Madre, nos hizo entender la razón de ese orden, nos explicó que debíamos ser los primeros  por dos motivos, nosotros iniciamos esa estratagema,  y al no mirar atrás en el avance nunca sabríamos quien entró y quien abandonó la batalla.  

    El dragón marino al vernos mostró su ironía amenazadora riéndose socarronamente y nos dijo… 

    “Yo de los ateos me alimento y de los que dicen ser espirituales con la palabra y sin el acto evoluciono”     

      

    Nuestras almas se introdujeron con facilidad en el corazón de esa bestia,  y él no  pudo detenernos ya que entrábamos en su interior voluntariamente. Leviatán nos podía manipular como títeres; penetrar en nuestros sueños, alterar la conciencia de quienes nos rodea; malograr los objetivos predestinados a la luz,  pero siempre que estuviéramos fuera jamás conseguiría   manosear nuestra energía si estábamos con la conciencia despierta dentro de él. 

   Entendimos que esos esqueletos, sin ir más lejos,  formaban estructuras mentales erróneas de nuestras partes. Elementos que robaban partículas a la conciencia del presente. La lógica nos preveía que dichas anomalías existenciales no pertenecían a esta vida. Eran fruto de otras encarnaciones, sin embargo, no sólo permanecían ahí alterando la vida presente o sustentándose de nuestro recuerdo astral subconsciente, sino que llegaban por sus interferencias a formar parte esa parte de la realidad. Y ese contexto  apaleaba a una clara identificación dentro de la conciencia colectiva. Es decir, esos  espectros vivían en  un mundo que estaba regido por Leviatán, donde el conocimiento colectivo de la lujuria era terriblemente poderoso y el placer de su creador y su alimento dependía de nuestro proceder.   

    El interior de ese monstruo marino era de un rojo oscuro y muy caliente. La sensación de sofoco junto con la humedad  provocaba que la respiración se hiciera dificultosa. Y cuando nuestra vista se acomodó a esa luz mortecina vimos como  muchas partes nuestras se estaban quemando. Un gran caldero era mantenido a fuego vivo y partes de alma gritaban pidiendo auxilio. Fuimos concientes de que la misión implicaba salvar a  esos átomos de energía perdida. Vimos su pureza y fue evidente que no constituían en su  esencia lujuria alguna. Eran fracciones de conciencia  robada por los esqueletos para ser quemadas y así, cebadas por el fuego, instituían el sustentáculo para Leviatán. 

    La sabiduría que nos otorgó ese reconocimiento nos convirtió en algo similar a los Ángeles Salvadores. La maldad de ese lugar se amparaba a tal nivel, que nosotros con la nuestra, aspecto que nos caracteriza como humanos en la escuela de la vida para llegar a la Divinidad, éramos como Espíritus Celestes. Con esa afirmación íntima, a todos los presentes nos salieron alas. Esas almas sufrían lo indecible. Hallamos las partes crísticas que en la existencia profana habíamos perdido y ahora como alados intentaríamos rescatarlas.  

    Volábamos…no íbamos a ser combustible de ese fuego devorador, y las victimas indefensas alzaban sus manos para ser liberadas. Eran muy livianas, no poseían ni peso ni volumen. Etéreas sería la definición más acertada. Cada cual auxiliaba a las propias, y al mirar identificamos esencias sin llegar a reconocerlas que de la misma manera pedían ayuda, pero eran partes de aquellos que no se atrevieron a enfrentarse así mismos en la identificación con el mal. Estuvimos tentados a prestarles asistencia, las veíamos tan virtuosas… pero una voz amada nos recordó… 

“No podéis  entregar conciencia a quien no esta preparado para asumirla. Sería contraproducente y en el menor de los casos dañino. No se trata de un acto de egoísmo, sino todo lo contrario, aunque os sea difícil de entender es un acto de amor. No podemos alterar las leyes”. 

    Entramos por el corazón de Leviatán y salimos por su boca y de forma angélica nos separamos de él. En ese instante la furia del injuriado pretendió destruirnos. Quería cobrar factura por el agravio a su orgullo y por la disipada posesión. Sus ojos se encendieron de ira y abrió su boca a la par cogiendo gran cantidad de aire y en ese instante, la Madre Divina salió en imagen de nuestro cuerpo y el ente del mal pensó que la energía alada de la que hicimos gala,  le había permitido a la Diosa presentarse en Cuerpo Celestial,  y toda la furia que iba a remeter contra nosotros la dirigió contra la Madre. La efigie poderosa de la Madonna  sacó una especie de abanico-espejo circular parecido a una parabólica y el desenfreno del monstruo, que como fuego escupió de su boca, chocó contra el espejo y le fue devuelta con toda su intensidad. Él al recibir  su propia hiel  retrocedió y abandonó a todo ese planeta-cerebro, ya que no pudo hacer frente a su propia ataque.  

   En verdad no pudimos destruirle. Él  volvió a su estado de origen pues como íbamos a conseguir eso si pertenecía a la colectividad. Todos los esqueletos como creaciones propias al perder el objetivo de su existencia perdieron su poder y todos los huesos se deshicieron convergiéndose en polvo. Esa carcoma tan fina que bien parecía ceniza se esparció y el Aire Creador la levantó convirtiéndola en polvareda cósmica. 

    En ese espacio  la naturaleza emprendió a brotes de espectacular vigor y hermosura, se purificó. Y la Madre nos dijo a todos los presentes… 

    “En  la creación que habéis observado y vivido esta experiencia es en proporción a la lujuria colectiva, como lo sería la cabeza de una cerilla al planeta físico que habitáis. 

    Habéis rescatado fracciones de conciencia que mantenía presa la lujuria y  al liberarlas como contrapeso elimináis el efecto que mantenía con vuestra memoria ancestral. 

    Es de lógica recordaros que la limpieza individual implica a su vez un acumulo de virtud encaminada a la elaboración de una conducta colectiva en contra de la lujuria que todo lo quiere.  

    No os sintáis tristes o decepcionados por aquellas almas que aun siguen presas…No os correspondía la misión de liberarlas ya que, no se puede ir en contra del libre albedrío de los demás. A cada cual le concierne un tiempo y un momento determinado. Existen razones contundentes para ello”.  Y… ¿No creéis que la mano del Cristo no frenaría más de una acción? Nos cuestionó. 

    “Y vosotros mis queridos pequeños humanos no podéis alterar esas leyes universales sin causar un mayor detrimento.   Continuación......

 

 

Nº PISTA 3119 .  EL LABERINTO DE LA LUJURIA Nº 52     18/07/2009

                                      

   Esta vivencia  puede ser divulgada por Amor a la Humanidad pero con la condición,  de hacer un uso correcto, y de no sacar beneficio económico  por ello.

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